Pandemia – Ejercicio crítico

Santiago Albaytero

…y leo revistas en la tempestad.

Spinetta-García

Filosofar en tiempo de cuarentena. Hace unos días escuchaba en una entrevista televisiva a un funcionario que la pandemia no daba espacio a la filosofía sino que había que obedecer. Un poco antes de escucharlo venía pensando-sintiendo que necesitaba rumiar lo que nos acontece porque muchas cosas me hacen ruido y, sobre todo, me rebela la naturalización de ciertas actitudes o palabras que empiezan a circular entre nosotros en estas últimas semanas. De ninguna manera quiero ponerme a cuestionar las razones médicas o epidemiológicas de la cuarentena. Con distancia, tiempo y más información podremos y necesitaremos pensar-sentir críticamente lo que aconteció para alumbrar desde allí nuevos andares libertarios. Construir la comunidad de convivencia implica poner el cuerpo y entramar vínculos de cuidado. En esta crisis caminamos juntos –a la distancia- cuidándonos y ayudándonos a aprehender –lo más posible- de lo que está aconteciendo y ser capaces de engendrar nuevas geografías y calendarios. Podemos pensar-sentir críticamente, ir más allá de lo que circula en los medios y en las redes. Lo señalo porque si bien hay algunas propuestas de actividades colectivas que circulan -como salir al patio a aplaudir o generar sitios de encuentros virtuales para hacer ejercicio, charlar, estudiar- y son iniciativas interesantes creo que podemos generar en el ejercicio del pensar-sentir crítico común vivencias que vayan más allá tensionando este momento hacia puntos de fuga creativos y emancipadores.

La declaración de la pandemia y la extensión de la cuarentena obligatoria en muchos países como medida de salud pública para detener el contagio del COVID-19 instalaron un lenguaje militar que se naturalizó muy rápidamente. Es común escuchar que estamos en guerra contra un enemigo invisible, que necesitamos una voz de mando fuerte para superar esta crisis, que estamos peleando, que los médicos policías y militares están en la primera línea de combate. La declaración de la cuarentena y la reclusión obligada que estamos viviendo todos es una situación excepcional porque ha desestructurado de tal forma la vida cotidiana que genera una conmoción tan profunda ya que ha disuelto las rutinas y los lazos vinculares. A mi modo de ver, esto ha imposibilitado la problematización de este discurso bélico por el que naturalizamos la construcción de una dinámica social verticalista con ciertos rasgos autoritarios. Insisto, no lo hablo específicamente la Argentina, sino -y por eso me preocupa más- a nivel del sistema-mundo capitalista. Podríamos quedarnos a discutir, en forma interminable, sobre la naturalización del toque de queda como forma de coaccionar a la cuarentena o la resolución tomada por muchos intendentes de no permitir el ingreso a sus municipios o departamentos de personas que no tienen residencia en el mismo algo que excede sus competencias y es anticonstitucional llevándose por delante siglo de lucha por el reconocimiento de derechos básicos. Estas situaciones irregulares que hoy aparecen como normales, incluso deseables por muchos porque se decodifican como acciones que quieren protegernos no solo de este enemigo invisible, que es el coronavirus, sino, sobre todo, de sus portadores. En una analogía con una película de zombis, los otros que salen o son desconocidos son portadores de una amenaza desestructurante. Por ello, se erige como un deber de supervivencia la denuncia, persecución y segregación de los que son señalados como amenaza. En esta dinámica los medios de comunicación y las redes sociales actúan como catalizadores y amplificadores. Algo que genera angustia es que los portadores del virus son parecidos a nosotros y no tenemos la suerte de los protagonistas de las películas de zombis. Ellos los pueden distinguir a primera vista. Por lo tanto, tenemos que extremar nuestras medidas de protección sacralizando el principio devastador de que más vale prevenir que curar. Aplicado a los vínculos en la construcción comunitaria, sobre todo, en tiempos críticos creo que esta discusión hoy, en el medio de la vorágine, es improductiva. Se pueden esgrimir argumentos para entenderlas y comprenderlas. Incluso muchos, muy buen intencionados, con deseo de cuidarse y cuidar a otros vivimos estos días como podemos.

Por eso quisiera como mirarla esta situación Por lo menos para mí es importante en estos días mirarla desde la dinámica estructural del sistema-mundo capitalista la crisis sanitaria mundial de la pandemia. No es otra cosa que una manifestación más de las crisis cíclicas y de la imposibilidad material de la hidra capitalista. El desprecio por la vida a través de la expansión y profundización de los mecanismos de la concentración y de la acumulación se viene manifestando en nuestros días de maneras diversas: la primera es la desigualdad y la condena a muerte prematura de la mayoría de la humanidad por hambre o enfermedades curables la segunda es la crisis ambiental, cuasi terminal. Ambas íntimamente vinculadas. En el caso de esta pandemia, particularmente, denota un sistema mundo capitalista que en el plano sanitario se concentró en el desarrollo de procedimientos de alta tecnología y de hotelería sanitaria y desfinanció, por que desprecia la vida de las mayorías populares, la salud pública. Concretamente borró de sus prioridades e incluso de sus partidas presupuestarias marginales a la epidemiología, los sistemas públicos hospitalarios y de atención primaria, la provisión de agua potable y cloacas para toda la población. Otro elemento de la dinámica estructural del sistema-mundo capitalista que emerge en esta crisis es la disolución, no total pero muy importante, de los lazos comunitarios por la exacerbación del consumismo y del individualismo. Ante una crisis que, dejando de lado teorías conspirativas, se ha ido de las manos y frente a la necesidad imperiosa de sostener una estrategia común para enfrentarla se manifiesta claramente que los lazos comunes están muy debilitados. Por eso se aceptan, casi naturalmente, la intervención en el espacio común de formas verticalistas en las que el toque de queda –figura usada entre comillas por los funcionarios y medios de comunicación como si esto licuara su potencia represiva-, el corte de ruta son vistas como expresiones de protección y seguridad. Estas extrañas actitudes que manifiestan un desprecio por la suerte de los demás son muy difíciles de abordar en tiempos de crisis por eso me parece que la mirada crítica sobre este momento presente que nos animé para los tiempos que vienen tiene que hacernos tomar posición sobre como una manifestación del mundo que construye el capitalismo, no porque haya generado a propósito la enfermedad, algo que no sabemos. Sino por las dinámicas que se disparan sobre su estructura y las preguntas pertinentes que surgen son: qué espacios comunes, qué sociedades, qué dinámicas se van a consolidar y van a surgir como hegemónicas de esta crisis. Esta pregunta, para mí es crucial por el hecho de que la tendencia que yo percibo es que puede favorecer dinámicas verticalistas y autoritarias. En tiempos de crisis lo que más tendríamos que propender es a encontrarnos, a discutir asumirnos como  semejantes para pensar-sentir juntos caminos que nos ayuden a afrontar –lo más humanamente posible- lo acontece y acompañarnos en ese tránsito hacia una nueva situación engendrada en el andar común. Hacerse cargo, encargarse y cargar con lo real son tareas que nos abren a la posibilidad de inscribir devenires subjetivantes singulares y colectivos en medio de esta tempestad.

En esta misma línea, creo que otra de las razones que invitan a deconstruir y desnaturalizar lo que está aconteciendo es lo que se entiende en el sentido común cuando pedimos en este tiempo cuidar y cuidarnos. Los últimos meses escribí un poco de lo que vengo sintiendo sobre la importancia fundamental basal que tiene la consistencia calidad de nuestras tramas vinculares, su constitución y su permanente entramado para dar profundidad a la dinámica que engendra mundos más humano y nuevos. Lo que acontece en estos días es que el cuidado se significa desde el sentido común, para las mayorías, vigilancia, también resuena como significante la obediencia a un marco normativo –la cuarentena- y el consecuente desprecio por aquellos que lo trasgreden –es común escuchar a funcionarios y comunicadores llamarlos idiotas, boludos, estúpidos… y más-. Se asocia este significante con la exacerbación del miedo. Si bien, este es un tiempo existencial en el que el miedo está más presente entre nosotros. Lo siento en mi muchas veces estos escasos días de cuarentena, ya que me reconozco más cuidadoso de lo que normalmente soy frente al lavado de manos, la limpieza de la mesada y de toda mi casa. Pero el estado de sospecha del otro como posible agente de contagio inmanejable complica sustantivamente la posibilidad del entramado vincular emancipatorio. Todavía no sabemos hasta qué profundidades, siempre mantenemos viva la esperanza y la convicción existencial que podremos reinventarnos, juntos, para que más humanidad sea posible. En este contexto, el discurso sanitario resuena como el viejo discurso de la seguridad nacional en el marco de la Guerra Fría. Discurso y práctica política que sirvió para hacer sospechosos a todos aquellos que desde los grupos económicos concentrados, los organismos estatales y paraestatales, los medios de comunicación y las fuerzas de seguridad se calificaron como subversivos, disolventes del orden social, del espíritu nacional. La crisis sanitaria, la cuarentena, el cierre de fronteras significan el cuidado como estado de sospecha sobre aquellos que no salen de sus casas –por causas justificadas o no- y sobre aquellos que portan la enfermedad. Son una amenaza. El sistema-mundo capitalista ancla lógicamente cualquier acción social con la conducta individual y la competencia o la sospecha del otro. Es ahí donde la doctrina de la seguridad parece encontrar en el discurso sanitario su caja de resonancia, que hoy específicamente tiene que ver con la pandemia del coronavirus pero que lógicamente -en la profundización de la dinámica capitalista- encontrará otras manifestaciones similares porque todas ellas son funcionales a la desorganización y desmovilización, licúa de sentido vincular el cuidado y lo potencia bajo expresiones defensivas y de sospechosa

Esta es una reflexión rápida, aunque sea en tiempos de cuarentena. La crisis sanitaria como expresión de la crisis estructural del capitalismo que desprecia la vida y, por lo tanto, cualquier situación que acontezca con potencia disruptiva a nivel global no encuentra soluciones dentro de su acervo habitual porque nunca las ha construido. En este esquema, su apelación a conductas sociales siempre se decodifican desde el paradigma individualista y sus dispositivos de intervención son siempre normalizadores. Es un tiempo importante para mantener viva desde los espacios populares, desde los movimientos sociales, desde los movimientos del mujeres, desde todos los espacios resisten y crean dinámicas comunes que buscan fortalecer la construcción de procesos emancipatorios para materializar –hoy y aquí- en medio de la crisis de los espacios y tiempos comunes, no sólo virtuales. Serán más pequeños, serán con otros, se darán en las cercanías… quién sabe, pero es necesario que acontezcan. En los tiempos que vienen, que sobre todo van a ser difíciles económicamente, tendremos que ir más allá de la propuesta de quedarnos y encontrarnos por internet y creativamente podamos engendrar calendarios y geografías de encuentro y justicia. Lo pienso y lo siento más como como un anhelo, pero también el deseo de potencia vital. Entre nosotros tenemos que materializar, de alguna manera, más allá de lo virtual, siendo creativos y cuidadosamente acciones comunes para realizar la dignidad de la vida para todos. Esto solo es posible engendrarlo desde los márgenes. Y en este caso hablo de ser humanamente cuidadosos, amando, empatizando y acompañándonos en este tiempo particularmente difícil y exigente. Cuidarnos y sostenernos, garantizar la comida diaria, concretar la escucha y la compañía, mantener vivo el deseo del sueño de mundos más justos; porque lo que parece venir después de esta crisis es un mundo que se estructura sobre una dinámica que tiende a consolidar espacios sociales más autoritarios y más desiguales.

Es un tiempo en el que parece que todo está parado y que cada uno estamos en nuestros lugares. Tenemos que organizarnos, manifestarnos creativamente y juntarnos  -como se pueda- para que todos tengan comida, vivienda, vestido, agua, tiempo libre… todo. Porque dentro de la dinámica del sistema-mundo capitalista, aún con un gobierno que pretenda llevar adelante políticas sociales de asistencia directa en la emergencia, tiene graves limitaciones para paliar las injusticias y desigualdades que le son propias y que solo sabe profundizar.  La mayoría de nosotros con ganas de sinceras de cuidar a los demás cuidándonos y en este momento no estoy hablando de esa mirada utilitaria del cuidado sino de una mirada profunda. Sé que muchos sufren –yo la sufro-la distancia y quisieran estar cerca de tantos para abrazarlos y decirles que los quieren y los extrañan.  Pero siento que necesitamos hacer más, siento que necesito hacer más, dar un paso más allá de lo que nos imponen respetando la cuarentena pero no amoldándome a ella. Esta es una reflexión que siento urgente en estos días de soledad de la cuarentena y que es más como una puesta en común para ver que surge de este tiempo crítico… que parece que recién está empezando.