La guerra sanitaria no tendrá lugar (carta de Francia)

Saül Karsz

Publicado en L’Humanité

De hecho, solo una de estas dos hipótesis es válida: sea la actual pandemia Covid-19 es el castigo infligido por los dioses habida cuenta de nuestros colosales pecados privados, sea esta pandemia planta sus raíces en la historia social, en las opciones económicas y políticas neoliberales, hegemónicas desde hace ya decenios. Por supuesto, la hipótesis del castigo divino es elemental, primitiva, retardada. Más vale remplazarla por su sucedáneo moderno: la “guerra sanitaria”, especie de guerra santa que sitúa todos los humanos del mismo lado de la barrera, sin distinción de género, estatuto social (excluyendo, evidentemente, los más pobres) o convicción religiosa (solo valen las opciones supuestamente moderadas), dirigentes y dirigidos fusionados en la desgracia, todos solidarios en el seno de su condición humana, en una palabra: cruzados, caballeros templarios antes que ciudadanos y ciudadanas. Y, enfrente, un adversario invisible, omnipresente, potente, mortífero, implacable, hipócrita, escondido detrás de un seudónimo para poder deslizarse mejor por doquier.

Toda confusión con una novela de ciencia-ficción no es para nada una simple coincidencia.

Importa ante todo y sobre todo escamotear qué está pasando realmente hoy día. Años de pseudo-racionalización financiera, esto es, de economía política de la penuria impuesta a los servicios públicos, servicios de salud en primer lugar, llevan a la pan-catástrofe actual y a sus consecuencias imprevisibles. No hay personal de salud suficiente, ni materiales necesarios para tratar con eficacia los enfermos, ni protecciones para trabajar con serenidad, ni siquiera hay condiciones y recursos para no morir cuando se cuida a los enfermos. No es el neoliberalismo que ha engendrado el virus. Pero es él, totalmente él que vuelve problemático el tratamiento, que lo transforma en epidemia y luego en pandemia planetaria, tan terriblemente costosas en vidas humanas. No ha engendrado el virus pero sí su circulación.

Como se sabe, numerosas personas y grupos no respetan las consignas, responden de modo agresivo e incluso violento cuando son controlados, frecuentan los parques públicos (ahora cerrados), pasean a lo largo de las playas marítimas (ídem), organizan parrilladas (sic), provocando la interpelación de la policía y probablemente dentro de poco del ejército. Han dejado de llenar los cines, discotecas y restaurantes simplemente porque están cerrados. Se obstinan en consumir o al menos en almacenar latas de conserva y papel higiénico, por las dudas… Es así que mucha gente reputada normal consiente al discurso dominante que les remacha todo el tiempo que tal es la verdadera vida.

No por ello acompañarán las catervas burguesas y pequeño-burguesas que han quitado ya las ciudades contaminantes y contaminadas para refugiarse en sus casas de campo protegidas por campanas invisibles y guardias muy visibles. Situación harto compleja cuando se trata de apaciguar la reclusión familiar, sus tensiones que no siempre pueden quedar encubiertas, sus discursos y afectos difíciles o imposibles de explicitar, la necesidad de ocuparse de los niños a fin que éstos ocupen los adultos, la exigüidad de las casas y departamentos, la eclosión de síntomas individuales y de pareja… Confinar les familias implica concentrar, cultivar, acelerar sus síndromes. Mienta tanto, individuos sin domicilio fijo reciben multas por no respetar el confinamiento domiciliar del que carecen. “¡La gente se vuelve cada día más loca!”, dicen algunos. En realidad, la coyuntara objetiva ayuda a explicitar la locura subjetiva que todo humano conlleva, como una preciosa joya íntima que incluso él desconocía poseer.

Todo, sin embargo, no se ha perdido. Numerosos comportamientos de carácter solidario, individuales y colectivos, se presentan a menudo. En Francia y otros países, cada día a las 20h, desde los balcones o las puertas de las casas, los vecinos aplauden la extraordinaria abnegación del personal sanitario – abundantemente violentados hace poco por las fuerzas llamadas del orden por manifestar contra los recortes de más en más implacables impuestos a los hospitales.

Por su parte, en una alocución reciente el presidente francés Macron afirma que la salud no es una mercancía como las otras. Excelente noticia en neta contradicción con el credo neoliberal que conduce toda la acción del mismo Macron. Podría decirse lo mismo de la educación, por ejemplo. De facto nada es una mercancía salvo que se deje atrapar en las redes del fetichismo neoliberal. Es en este marco, y solamente aquí, que se sacralizan (en sentido lato) los costos y las ganancias, los protocolos erigidos en sinónimo de verdad absoluta, los controles minuciosos aplicados a los subalternos y los descontroles masivos que se permiten los ejecutivos, los goces obscenos de los jefecitos, tan obsesivos cuanto improductivos. En fin, hasta hace poco no había nada de dinero, hoy día gracias (sic) al coronavirus, montañas incalculables de créditos surgen de tierra, en Francia y en muchos otros lugares del mundo – especialmente para los bancos y las empresas. De hecho, no había dinero únicamente para ciertos usos y para ciertos destinatarios.

Al día de hoy, la pandemia acarrea muchas menos muertes que en su momento el virus Ébola, la gripe española o la rubeola. Su importancia no se dirime en cantidad sino en calidad, ella es remarcablemente cualitativa. Se critican cada vez más fuerte las fallas y retardos de los aparatos de Estado, incluso de los Estados de países ricos, técnicamente muy desarrollados: su incapacidad en la contención de la pandemia, la impreparación de medidas y recursos, las informaciones paradojales y/o contradictorias y/o falsas, las patentes desigualdades de las condiciones de vida que son más de una vez condiciones de sobrevivencia, la mundialización financiera y la pauperización creciente de vastos sectores de la población, pauperización económica tanto como desestabilización social y devastación psíquica, la imprudencia ecológica, la democracia aproximativa bajo la cual vivimos…

Muchísimas personas, incluso quienes rechazan las consignas, ligan esas condiciones sociales con la pandemia. Están viviendo individualmente y colectivamente los múltiples desfasajes entre el mundo que le han vendido (y que muchos han comprado) y el mundo tal y como existe. Tal es la perspectiva explicativa mayor, el aporte (si cabe decirlo así) de esta enfermedad de masas. Allí residen las razones principales de lo que está pasando hoy día y de lo que probablemente deberemos – ¿un poco? ¿mucho? – interrogar cuando llegue el post–pandemia.

No hay “guerra sanitaria” puesto que los beligerantes no son para nada aquellos que aparecen designados como tales. El Covid-19 no representa la causa, menos aún la explicación de lo que está pasando. Se trata de un síntoma, de un terrible síntoma. Mueca respiratoria y asfixiante de los sistemas políticos contemporáneos. Por el contrario, lo que sí es cierto es que estamos en guerra, de ninguna manera santa sino radicalmente laica. Esta guerra admite un solo y único adjetivo: guerra social. Comprendemos entonces que nuestros dirigentes se inquieten tanto.

Dicho esto, se puede refutar este tipo de análisis. Otra vía es posible, que comporta una microscópica dosis de análisis y una ingente reserva de magia: implorar a los dioses a fin que detengan la pandemia – por supuesto, si no les molesta excesivamente. Y si el FMI está de acuerdo.