El cotidiano en crisis: Algunas notas para repensar el Trabajo Social en tiempos de pandemia

Manuel W. Mallardi

La naturalización de la muerte violenta

Como escribió alguna vez Borges, morir es una costumbre que sabe tener la gente, costumbre, podemos agregar, que históricamente ha sufrido alteraciones en sus formas hegemónicas de concretarse. Génesis de relatos literarios, motivo de preocupaciones científicas, la muerte inexorablemente ocupa gran parte de los tiempos que transitamos en nuestro cotidiano.

La vivencia sobre la muerte necesariamente posee un carácter colectivo, sea porque se trate de una tercera persona, cercana o no, o por las implicancias que la propia muerte pueda tener una vez sucedida. Alteraciones de la vida cotidiana se suceden, sean en las relaciones familiares, los espacios de trabajo, estudio o esparcimiento, por mencionar sólo algunos, cuando la muerte se presenta. Prácticas culturales diversas se llevan a cabo como forma de transitar su llegada, donde discursos y prácticas sociales se construyen y reconstruyen cotidianamente para orientar los duelos socialmente aceptables.

Ahora bien, si consideramos a la muerte como ese horizonte inexorable de todo ser viviente, qué cuestiones nos pueden preocupar a la hora de interrogarnos sobre las formas alienantes que la barbarie capitalista instala en nuestra vida cotidiana. Básicamente se trata de las formas desiguales de morir y la naturalización de la violencia como la causa de la muerte. Desigualdad y violencia forman parte de un mismo proceso que deviene en la muerte de amplios sectores de la población; proceso que presenta el agravante que quienes lo transitan lo vivencian como algo extraño, mientras la inmediaticidad del pensamiento cotidiano le otorga cada vez menos significado y relevancia a su acontecimiento.

Cotidianamente líderes sociales son asesinadxs en distintos países del mundo, donde mayoritariamente la burguesía ya no requiere del terrorismo de estado como forma de gobierno que posibilite el aniquilamiento de los sectores disidentes. Sociedades donde la consolidación de regímenes democráticos burgueses está presente conviven con la desaparición y muerte de ciudadanxs. Poblaciones son diezmadas por la consecuencia de desastres naturales generadas por el extractivismo depredador que ataca las barreras de la naturaleza sólo con el interés de lucro como justificación de la praxis social. Asimismo, la violencia hetero-patriarcal se expresa en la muerte cotidiana de mujeres y sexualidades disidentes, tanto en el ámbito de las relaciones familiares y/o de proximidad como producto de la trata de personas y la explotación sexual: fosas de mujeres muertas, mutiladas, son parte del macabro escenario que se transita en varios países en la actualidad.

Simultáneamente, la lógica imperialista produce y reproduce guerras que tienen en la población a sus principales víctimas. El clima de muerte y terror es parte del cotidiano de la población que habita ciudades situadas por la guerra, donde morir puede ser el desenlace no planificado de un juego entre niñxs, del tránsito y presencia en un hospital o escuela o simplemente la estadía en el propio hogar. Morir es, además, uno de los potenciales finales que tienen las personas al momento de escapar del clima de guerra y destrucción: caravanas humanas donde personas, principalmente mujeres y niñxs, son secuestradas, desaparecidas y muertas; personas mueren ahogadas cotidianamente por el naufragio de las precarias embarcaciones que utilizan para migrar en búsqueda de condiciones básicas de vida.

Transcurriendo el siglo XXI cuando la sociedad ha logrado potenciar exponencialmente la producción de bienes socialmente necesarios, el carácter económico y político de las desiguales formas de morir se expresa también cuando ésta se produce por frio y/o hambre, incluso cuando su acontecer es en las proximidades de lujosos edificios o centros comerciales, donde estas necesidades básicas podrían ser cubiertas sino mediara la lógica mercantil.

La muerte se expresa en sus formas más atroces en la sociedad, donde por su masividad, persistencia, heterogeneidad y, la mayoría de las veces, lejanía, su cotidiano transcurrir se encuentra naturalizado por la mayoría de la sociedad; naturalización que implica la cancelación de poder conocer el sistema de mediaciones sociales, históricas, culturales, políticas y económicas que la producen. Aparece, entonces, como algo ajeno y lejano, donde esxs otrxs involucradxs no son reconocidxs como projimxs, salvo en algunos fugaces instantes del transcurrir cotidiano; instantes que rápidamente son absorbidos por la inevitable rutina.

La inmediaticidad y superficialidad que caracteriza al pensamiento cotidiano contribuye a que se establezca esta relación con las formas alienantes de vivir en la sociedad capitalista, donde no sólo se naturaliza, y a veces se justifica, su violencia constitutiva sino que también se genera un rechazo a aquellos sectores que procuran visibilizar y problematizar algunas de las formas que asume la muerte violenta, como es el caso, por ejemplo, del movimiento de mujeres que ante el grito de ni una menos sufre de los más irracionales calificativos, llegando al extremo de asimilarlas al nazismo.

El Covid-19 y la proximidad de la muerte

Con la explosión del Covid-19 y su propagación a escala planetaria, la idea de la muerte lejana es trastocada, apareciendo como una posibilidad concreta para amplios sectores de la población. La reproducción cotidiana es interpelada por algo que parecía extraño e imposible de alcanzarnos y que, en muy poco tiempo, se extendió no respetando fronteras o clases sociales. Y, si bien podemos no coincidir con la totalidad de los planteos de Zizek, si es cierta su advertencia que conjuntamente con la propagación del Covid-19 se desencadenaron virus ideológicos que, estando latentes, comenzaron a crecer con el mismo ritmo exponencial, tales como las teorías de conspiración paranoicas y las explosiones de racismo.

Se sabe que particularmente el Covid-19 afecta de manera desigual el cuerpo de determinadas personas, adultos mayores y personas con determinadas enfermedades previas. Esta peculiaridad es el fundamento de posiciones y prácticas políticas insospechadas, donde la preocupación no sólo reside en estas posiciones en sí mismas, sino también en el apoyo que han recibido. Posiciones que reeditan las preocupaciones de Bioy Casares en torno al trato que la sociedad tenía con las personas mayores y que magistralmente aparecen literariamente expuestas en su Diario de la guerra del cerdo. La disyuntiva entre la vida y la muerte, por sintetizarlo de alguna manera, para muchos sectores del capital económico internacional pasa a un segundo plano porque se trata, según sus lógicas imperantes, de población improductiva y, por lo tanto, desechable.

La posibilidad del contagio y de enfermar nos unifica pero la muerte como horizonte concreto se torna más factible para algunas personas en particular. Y, en este sentido, la inmediatez de las formas comunicaciones actuales nos advierte cotidianamente de los impactos que la pandemia está teniendo en el mundo, llegando a noticias tan extremas que muchas veces la primera reacción es dudar de su veracidad. Residencias cerradas con personas muertas en su interior, la necesidad de decidir quien recibe la atención y quien, por lo tanto, muere sin más, el desfile de ataúdes y el desecho masivo de los mismos, la presencia de personas enfermas y muertas en la calle, constituyen hoy el cotidiano de muchas ciudades en el mundo.

Fundado en la forma de propagación del Covid-19 el aislamiento necesariamente es acompañado por el miedo, llegando en algunos extremos incluso al rechazo a lxs otrxs, quizás porque por primera vez en mucho tiempo se pone en escena la posibilidad de la muerte violenta, donde, asumiendo la sentencia borgeana, la muerte en-si no sólo aparece como incorruptible, sino también el contagio, el sufrimiento y la muerte por la pandemia.

También son ciertas las afirmaciones del pensador esloveno cuando plantea que a partir de esta epidemia viral nuestras interacciones más elementales se verán afectadas, sean con otras personas, con objetos o, incluso, con nosotrxs mismxs. Alteración de las relaciones sociales que, al decir de Berardi tendría su posible extremo en la condición de aislamiento permanente de las personas y el miedo al cuerpo de otrxs. O, como afirma el filósofo camerunés Mbembe, en tanto nuestros propios cuerpos se han convertido en una amenaza para nosotrxs, también se modificará la forma de relacionamos con ellos.

Miedo y rechazo que entra en escena exponencialmente por el uso de las redes sociales, donde por el autocuidado se justifica la necesidad de identificar y señalizar a quien esta enfermx, alcanzando incluso la culpabilización, estigmatización y el linchamiento discursivo. Miedo y rechazo que, como claramente expone Santiago Albateyro, es acompañado por la naturalización de cierto discurso militar y la aceptación, incluso exigencia, de formas verticalistas de vigilancia. López Petit sostiene que la naturalización de la muerte cancela el pensamiento crítico y, agregamos, modifica el piso de las posiciones sociales en torno a determinados temas. Seguramente, en este clima de pánico sea mucha la población que aceptase las formas de control y seguimiento poblacional que magistralmente detalla Han al describir las experiencias asiáticas frente al Covid-19. Por ello, retomamos a Acha cuando nos advierte sobre la necesidad de asumir una actitud crítica frente a las reacciones estatales ante la pandemia, pues, aclara, si observamos con cuidado las acciones estatales en el mundo, vemos que ellas son distintas, desarticuladas, tentativas, contradictorias, inseguras.

El aislamiento supone encierro y las formas de transcurrirlo están atravesadas por la desigualdad pre-existente. Como claramente exponen Harvey y Butler en sus respectivos aportes, el Covid-19 afectará de manera desigual al interior de las poblaciones, donde las dimensiones de clase, género, raza y etnia se refuerzan de manera compleja. Dimensiones que además son cruciales para entender cómo estará conformada la fuerza de trabajo que se espera que cuide a la población enferma, pero fundamentalmente para poder comprender las respuestas diferenciales que ensayarán los estados para atender la pandemia y sus impactos en la vida cotidiana, pasando de formas de control diferenciadas, donde las prácticas represivas se agudizan para los sectores populares, a la atención de la salud desigual, en tanto en varias sociedades la mercantilización de la atención de la salud será la variable que determinará quienes la reciben y quienes no, es decir, quienes pueden curarse y quienes directamente tienen en la muerte el horizonte concreto.

El cotidiano en crisis y el Trabajo Social

Resulta irresponsable afirmar que seguramente la salida a esta situación sea por el camino del fin del capitalismo o, incluso, del neoliberalismo y, más irresponsable sería recuperar ciertos mandatos mesiánicos del Trabajo Social que nos ubicarían en la primera línea de batalla. El análisis de la lógica que asume la barbarie capitalista pone en evidencia que ésta tiende a reproducirse y a profundizarse; situación ante la cual, atravesadxs por, retomando a Gramsci, el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, la respuesta no puede ser el quietismo y la inmovilización, sino el desarrollo de una estrategia concreta resultado del análisis de las fuerzas estructurales y coyunturales realmente existentes, sus posiciones, las correlaciones de fuerzas, entre otros factores.

Pensando en la particularidad del Trabajo Social, la primera afirmación que resulta necesario realizar es que el Covid-19 también altero el cotidiano profesional en tanto que las demandas institucionales y de la población usuaria se ven modificadas de manera permanente. La heterogeneidad de demandas y prácticas que caracterizan al cotidiano profesional se encuentra interpelada por las alteraciones que supone la propagación del virus, el cual si bien no reconoce las clásicas fronteras entre las distintas clases sociales visibiliza lógicas y formas desiguales de transitar el aislamiento y la posibilidad de contagio.

En este marco, la estrategia del colectivo profesional necesariamente debe constituirse por un doble movimiento que articule el involucramiento de las mayores expresiones del colectivo profesional con posiciones concretas en los distintos espacios ocupacionales.

En términos de colectivo profesional se torna necesario reforzar acciones en dos caminos estrechamente articulados: la interlocución permanente con las organizaciones que nos nuclean, sean aquellas vinculadas a la formación o al ejercicio profesional, y romper con las lógicas institucionales de los distintos espacios de trabajo que promueven el aislamiento y el accionar desvinculados con otros espacios.

Es necesario que las unidades académicas puedan generar espacios alternativos para dar insumos que posibiliten la reflexión crítica sobre la situación que nos atraviesa, tanto en el plano de las determinaciones generales de la pandemia como de las posibles respuestas profesionales; espacios que necesariamente tienen que ser de acceso libre y no arancelado, pues nos podemos preguntar, como otras veces lo hemos hecho, si es posible pensar que la salida a la crisis será no capitalista, si algunos de los espacios propuestos para repensar la realidad que nos interpela se encuentran mercantilizados. La defensa de la Universidad Pública se reactualiza, exigiendo que el no arancelamiento sea en todos sus niveles y en todas sus acciones.

Los Colegios/Consejos Profesionales se constituyen en actores protagónicos para respaldar al colectivo profesional en este contexto, en tanto tienen las atribuciones legales para exigir: a) El respeto de las incumbencias profesionales previstas en el artículo N° 9 de la Ley Federal N° 27072, en tanto asistimos al surgimiento de demandas instituciones que trascienden las prácticas socialmente legitimadas en la división social del trabajo para nuestra profesión; b) La no desprofesionalización de la atención a las distintas expresiones de la “cuestión social” en el marco de cruzadas voluntaristas surgidas en la sociedad y/o promovidas por alguno de los niveles del Estado; c) Las condiciones, recursos e insumos necesarios para desarrollar procesos de intervención resguardando la salud de lxs profesionales y de la población con la cual se trabaja; y d) el respeto de la autonomía profesional para definir las estrategias de intervención acordes a las situaciones que cotidianamente se presentan en los lugares de trabajo; estrategias que no sólo estarán atravesadas por la finalidad de la intervención sino también por el contexto particular en el cual se llevan a cabo.

Además, recuperando la categoría de trabajadorxs de quienes ejercen el Trabajo Social, también es necesaria la articulación con espacios sindicales a fin de tender a la implementación de licencias, totales y/o parciales, que permitan compatibilizar el ejercicio profesional con las responsabilidades de cuidado y la implementación de licencias a aquellxs profesionales que por cuestiones etarias o por situaciones de salud se encuentren dentro de la población de riesgo[1].

Por otro lado, asumiendo que la intervención estatal sobre las distintas expresiones de la “cuestión social” se funda en su parcialización en múltiples problemas sociales y, por ende, en el desarrollo de políticas sociales desvinculadas unas de otras, el contexto actual demanda problematizar esta configuración originaria, romper con el aislamiento que las lógicas institucionales procuran imponer y avanzar hacia procesos de intervención colectivos, donde el horizonte no sea únicamente la articulación para la optimización de recursos y prestaciones escasas, sino también para la configuración de procesos organizativos horizontales y capaces de instalar demandas colectivas que reflejen las condiciones concretas de existencia, pues, el encierro y el aislamiento no necesariamente tiene que implicar individualización e interrupción de las relaciones que pre-existen en el ámbito territorial.

Decíamos arriba también que la estrategia del Trabajo Social implicaba posiciones concretas en los distintos espacios ocupacionales, lo cual se encuentra atravesado por las múltiples y heterogéneas particularidades de dichos espacios de trabajo. A riesgo de caer en cuestiones prescriptivas, se torna necesario afirmar, en primer lugar, que las implicancias del Covid-19 no necesariamente demandan una intervención profesional especializada en dicha pandemia, siendo necesario, en cambio, mediatizar los procesos de intervención por los impactos objetivos y subjetivos que la misma tiene en la vida cotidiana de la población.

Problematizar el cotidiano de la población usuaria atravesado por el Covid-19 remite a considerar las situaciones particulares que se generen a partir del contagio y tránsito por la enfermedad, pero también las implicancias del aislamiento y las prácticas de cuidado que la situación demanda. Sea por una u otra situación resulta claro que el cotidiano se encuentra en crisis y que esta crisis altera las lógicas configuradas en las unidades familiares para garantizar la reproducción objetiva y subjetiva de sus miembros. En consecuencia, el Trabajo Social en sus procesos de intervención necesariamente debe poder aprehender esas alteraciones y superar prácticas estandarizadas y/o definidas apriorísticamente muchas veces por terceras personas desvinculadas del campo profesional. 

Cotidianamente las unidades familiares con las que el Trabajo Social tiene relación, se organizan para garantizar la reproducción de la familia en su conjunto y la de sus integrantes, donde mayoritariamente la relación con el contexto es inmediata y permanente, pues se trata de la posibilidad de acceder a los recursos necesarios para transcurrir el día a día. En consecuencia, las estrategias familiares de vida se encuentran trastocadas, incluso impedidas en este contexto, resignificando varias de sus dimensiones.

Por las particularidades del Covid-19, se torna necesario reforzar los procesos de intervención vinculados a las estrategias asociadas a los procesos de salud-enfermedad, cuestión que no involucra exclusivamente a aquellxs profesionales que se desempeñan en el ámbito de la salud. Recuperando las nociones de salud-enfermedad como proceso social, es relevante poder intervenir en las determinaciones sociales de la salud-enfermedad, es decir, generar prácticas que garanticen las condiciones necesarias, sean habitacionales, alimentarias, entre otras, para que las personas tengan mejores condiciones para enfrentar la pandemia y, en caso de contagio, el tránsito por la enfermedad.

Reconociendo que todo proceso de salud-enfermedad supone una realidad objetiva, la enfermedad, pero también la forma en cómo es vivida por las personas involucradas, es necesario abordar las representaciones y subjetividades que se construyen en torno al Covid-19. Aproximarnos a las prácticas cotidianas desarrolladas al interior de las unidades familiares en torno al proceso de salud-enfermedad-atención/cuidado conlleva considerar el conjunto de posiciones y decisiones que van más allá prácticas tradicionales, en tanto en su configuración convergen múltiples discursos y saberes, muchos de los cuales fundados en tradiciones, costumbres y sentido común deben ser problematizados ante la actual coyuntura. Por ello, se torna necesaria una intervención que orientada a garantizar el acceso a información de calidad y pertinente, generando espacios alternativos y dialógicos que posibiliten el intercambio horizontal, articulando saberes y conocimientos.

Por otro lado, teniendo como tendencia los procesos de precarización laboral, lo cual supone asumir la presencia de una clase trabajadora fragmentada, como así también heterogeneizada y complejizada, las estrategias destinadas a la obtención de los recursos de subsistencia se encuentran obturadas por el aislamiento, teniendo las familias que optar por garantizar el cuidado o asumir la posibilidad concreta del contagio, en algunas ocasiones incumplir imposiciones legales y procurar obtener los recursos necesarios; tarea compleja cuando los mecanismos de transferencias informales basadas en redes de ayuda mutua e intercambio también se ven trastocadas por el aislamiento.

 En este contexto, los mecanismos institucionales que garantizan la transferencia de recursos adquieren una relevancia sustancial y en ellas la intervención del Trabajo Social se torna esencial, principalmente para problematizar y enfrentar discursos y prácticas meritocráticas que defienden acciones focalizadoras y restrictivas en el acceso. En el aislamiento impuesto por las actuales circunstancias la articulación entre los distintos niveles del Estado y entre las distintas dependencias no debe implicar prácticas selectivas que definan quienes accedan y quienes no a partir de la fiscalización de las situaciones de pobreza y la no superposición de recursos.

En estrecha relación, es necesario poder generar prácticas que acompañen las estrategias vinculadas a la organización del cuidado y a los procesos de socialización, aprendizaje y uso del tiempo libre, ya que en las familias de los sectores populares estas prácticas suelen resolverse en el ámbito de lo comunitario, pues las barreras de las viviendas se tornan más flexibles. Estas cuestiones además se encuentran atravesadas por la relevancia que adquiere el espacio de la vivienda en las actuales circunstancias, en tanto ésta adquiere centralidad por ser el soporte material de distintas actividades  individuales, familiares y sociales, tales como alimentación, reposo, ocio, relaciones interpersonales, relaciones sexuales, entre otras. Estas prácticas se ven profundamente alteradas por la convivencia permanente, donde las condiciones de precariedad habitacional y el hacinamiento presente en muchas realidades potencia los padecimientos producidos por el aislamiento.

Se torna oportuno sostener, para finalizar, que tal como lo hemos planteados en otras ocasiones, hoy se reactualiza la necesidad de un posicionamiento profesional que tienda a problematizar lógicas institucionales orientadas a fiscalizar la pobreza y controlar la vida cotidiana de la población. La crisis que interpela la reproducción en la actualidad debe ser el escenario para prefigurar prácticas y relaciones distintas, cuestión que en la peculiaridad del cotidiano profesional demanda reforzar prácticas ético-políticas que interpelen y tensionen los mecanismos de explotación y opresión vigentes.

Referencias

Acha, O. La filosofía en tiempos de pandemia: a propósito de Giorgio Agamben

Albaytero, S. Pandemia. Ejercicio crítico. Disponible en: www.santiagoalbaytero.blogspot.com 

Berardi, F. Crónica de la psicodeflación. En: Sopa de Wuhan.

Butler, J. El capitalismo tiene sus límites. En: Sopa de Wuhan.

Colegio de Trabajadorxs Sociales de la Pcia. de Bs. As. Pronunciamiento del CATSPBA ante la Pandemia COVID-19. Disponible en: www.catspba.org.ar

Disponible en: www.intersecciones.com.ar

Han, B. La emergencia viral y el mundo de mañana. En: Sopa de Wuhan.

Harvey, D. Política anticapitalista en tiempos de coronavirus. En: Sopa de Wuhan.

López Petir, S. El coronavirus como declaración de guerra. En: Sopa de Wuhan.

Mbembe, A. La pandemia democratiza el poder de matar. Entrevista de Diogo Bercito. Disponible en: https://lavoragine.net/

ŽiŽek, S. El coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill… En: Sopa de Wuhan.


[1] Varias de estos aspectos son extraídos del posicionamiento del Colegio de Trabajadorxs Sociales de la Pcia. de Bs. As.